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sábado, 8 de febrero de 2014

Resaca



Iba manejando por Miraflores, el sol había sido desplazado por una neblina suave y helada que barría las calles. A lo lejos, reconocí una figura que caminaba cabizbaja con el celular en una mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón. Lo hubiera reconocido en cualquier momento, en cualquier lugar. 

Se me ocurrió poner las luces de emergencia, detenerme, ofrecer una sonrisa y decir: "¡Hola! ¿Te jalo a algún lado?". No podía hacer eso. Ya no. Eso estaba totalmente fuera de lugar. Era un gesto amable que podía caerme como una bomba directo al alma, que podía destruirme hasta lo más profundo. ¿No verlo por meses y hacer eso? ¡Debía estar loca!

Seguí manejando. Entonces, me dio miedo pasar a su lado y que reconozca mi auto azul y me vea llorar por el espejo retrovisor y se sienta mal porque no paré a ofrecerle que lo jale a algún lado o porque lloro cuando lo veo caminando en la calle. Me dio miedo que piense que lo estaba siguiendo, que estaba pasando a su lado adrede porque lo acosaba día y noche porque nunca lo podría superar. Ya era muy tarde para cambiar de camino, me acercaba a pasar por su lado rápidamente y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Entonces, me asaltó el miedo más profundo de todos, el miedo que me paralizó y me hirió más. Me dio miedo que no reconozca mi auto azul, que no me reconozca por el espejo retrovisor, que no se sienta mal porque lloro cuando lo veo por la calle. Me dio miedo que me haya olvidado por completo y de verdad.

No pude evitar que las nubes en los ojos empiecen a llover, ni que se tuerza el nudo en la garganta, ni que mi cerebro se acalambre y duela y regresen todos los recuerdos que pensaba que dejé ir.

Supongo que así se siente una resaca del alma, cuando todo lo que amaste por fin te choca y te hiere. No me quedó más que manejar de vuelta a casa.


La imagen es de aquí.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Adiós



Adiós a jugar en la cocina, a que me cargues en tu espalda, a que me lleves a mi cuarto y me sientes en mi cama para que te cuente qué hice hoy.
Adiós a correr a buscarte, a recogerte del trabajo, a esperarte leyendo libros de poesía.
Adiós a Cuzco, a Santa María, a casi Puerto Rico, al salar de Uyuni y a encontrarnos en Disney, en París.
Adiós a tus indecisiones, a mis recelos, a los resentimientos que nunca supimos manejar.
Adiós a tenerte dormido a mi lado, a la compañía mientras estudiaba, a las despedidas de madrugada.
Adiós a que engordes conmigo, que hagas dieta sin mí, al KFC y las tortas y el ron.
Adiós a tus ojos de perrito, a mi sonrisa eterna, a tu mano en mi mano, a tu frente en mi hombro.
Adiós a ti conmigo, a mí sin ti, a tu madre y a tu abuela que siempre me adoraron.
Adiós a tres años hermosos, tortuosos, eternos.

Adiós a mí, a Lele, a Laura, al pedazo de alma que te llevas y que siempre me faltará.
Adiós a ti, precioso, único, verdadera muestra que aprendí a amar.

Ni todos los adioses del mundo serían suficientes para despedirme de ti.


La imagen es de aquí.

martes, 12 de noviembre de 2013

Un hoyo vacío



Ay, Laura, te encuentras de nuevo en el mismo lugar. En el mismo hoyo vacío y confuso al que sueles regresar cuando las cosas no salen bien, cuando la gente no te quiere como tú los quieres.

Regresas al mismo hoyo y te escondes de todo y de todos, temerosa de que algo más te deje abandonada. Sientes que no podrías soportar más despedidas. Y aun así sigues buscando atisbos de esperanza y luz que te dan fuerzas para salir de ese hoyo oscuro; pero, cuando estás a punto de salir, te das cuenta que todo era imaginación tuya. Que las esperanzas eran vanas y la luz era falsa y te lo imaginaste todo solo para que el mundo sea un poco más soportable, un poco menos pesado. Al final debes despedirte de nuevo cada vez.

Es que para la gente como tú la gravedad es más fuerte, el aire pesa más y todo te jala hacia el hoyo de nuevo. Y sabes que al final no importa si obtienes lo que quieres porque terminarás en el mismo hueco vacío de nuevo, porque en realidad nunca saliste de ahí, porque lo más alejada que has estado de él es mirar por fuera del borde el mundo exterior, pero siempre con la mente metida en la oscuridad. La verdad, Laura, es que vives en esa oscuridad, es parte de ti y jamás podrás zafarte. Estás hecha de vacío y de angustia hasta la última fibra de tu cuerpo y, aunque no quieras, siempre te verás inmersa en ese hoyo oscuro. De repente es por eso que todo siempre termina tan mal, por eso es que la gente no te quiere y por eso siempre te sientes fuera de lugar.

La gente hecha de vacío y angustia está destinada a vivir sola, Laura. Toda compañía es eventual y distanciada. A nadie le gusta vivir con oscuridad en su vida. No importa cuánto amor entregues, ni cuanto busques a la gente; la oscuridad siempre los espantará.

Ya es hora que comprendas que la vida es más cruel que lo que es justa y que una persona hecha de angustia jamás podrá obtener lo que en verdad quiere: no ser más angustia.


Han sido malos días. De lágrimas y sábanas frías.
La imagen es de aquí.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Madre

Mi madre me encontró acurrucada en la cama mirando la pantalla sin verla, con los ojos hinchados y respirando lentamente.
-¿Por qué estás acurrucada así? ¿Tienes frío?
Negué con la cabeza. Sentía el llanto regresar. Se acercó a la cama y me miró desde arriba, con pena.
-¿Fuiste a hablar con él?
Asentí con la cabeza. Definitivamente el llanto regresaba. Se sentó en la cama y miró hacia el techo, calculando sus palabras para no hacerme más daño.
-Si son cosas que no se pueden cambiar... Bueno, no se puede hacer nada, no sufras. Pero yo creo que ustedes los jóvenes tienen la palabra "terminar" en la punta de la lengua y la usan para cualquier cosa que pase. Al final, si se quieren y quieren estar juntos van a seguir regresando el uno al otro y seguirá pasando lo mismo. 
Me miró con muchísima pena porque ese siempre había sido mi gran error: sentir mucho. De alguna manera, si hubiera sido fuerte e insensible, yo hubiera sido mejor y más balanceada. Pero siempre fui un manojo de lágrimas y nervios, y mi madre jamás supo bien qué hacer conmigo.

Me preguntó si iba a cenar y se fue a su cuarto. El mundo se redujo a mi pequeño departamento en Miraflores y a las palabras sabias de mi madre.

martes, 5 de febrero de 2013

No debería



No debería haber tanta pena en el mundo, Laura. No debería haber tanto dolor, ni tantas lágrimas entre nosotros.

Ay, pero pareciera que es nuestra culpa, que nos hacemos daño solos. Que elegimos siempre mal. Al final pareciera que todos son iguales, pero podría ser que siempre elegimos al mismo perfil de gente en nuestras vidas.

No deberían haber tantos amores no correspondidos, ni tantas almohadas mojadas con lágrimas. No deberíamos enamorarnos tanto de personas que nunca nos van a amar. No deberíamos llorar tres meses seguidos, ni dejar de comer, ni encerrarnos en la oscuridad en soledad y llanto. No deberíamos entregar todo lo que tenemos sin obtener nada a cambio para luego destrozarnos el alma.

No deberían haber personas que usen a otras personas sin pensar en el daño que les hacen. No deberían haber personas que mienten y hieren sin ninguna consideración a los sentimientos de los demás. No deberían haber personas que se olvidan de las personas que les quieren mucho. No deberíamos ser esa clase de personas.

No deberían haber amores que nunca se olvidan y nunca se superan y que siempre duelen.  No deberíamos salir y pasear y reír y besarnos y tomarnos de la manos sin que signifique algo para ti como lo hace para mí. No deberíamos volar siempre tan alto. No deberíamos caer siempre tan hondo.

No deberían haber almas solas y acongojadas. No deberían haber tantos sentimientos en el aire sin decirse, sin aterrizar. No deberíamos sentirnos menos, sentirnos insignificantes. No deberíamos sentir que no importamos. No deberíamos compararnos con los demás, siempre minimizando nuestras virtudes e hinchando las de los demás. No deberíamos pensar que no somos lo que queremos y que otras personas sí lo son.

No deberíamos hacer de nuestro corazón una canasta de penas. No deberíamos sufrir tanto.

Hay tantas cosas que pasan, pero no deberían.


La foto es de aquí.

sábado, 19 de enero de 2013

Seguro



Eres bella, pero no lo suficiente.

Y aunque lo fueras, ser bella no es una póliza de seguro. Ser bella no impide que te dejen y te mientan y te hagan daño. Ser bella no te salva, pero seguro hubiera ayudado en algo, ¿no?

De todas maneras, eso no te toca a ti, Laura. A ti no te toca ser bella, ni te toca la póliza de seguro, ni te toca que no te dejen, que no te mientan o que no te hagan daño. A algunos les toca y a otros no, eso lo sabes bien. Claramente, a ti no te tocó.

Tampoco te tocó olvidar. El dulce don del olvido, de cerrar los ojos y que se esfumen los agravios, de borrar de tu mente imágenes dolorosas, de perdonar y seguir tu vida con tranquilidad y sin cicatrices.

Así que recuerdas, recuerdas cada momento en que tu alma se rompió en pedazos y recuerdas el momento exacto en el que cada fibra de tu alma cayó al suelo para que él camine sobre ella y la pisotee al continuar su vida. Recuerdas, también, las horas llorando sentada en el piso buscando y recogiendo los pedazos que quedaron.

Recuerdas mucho, Laura, y no deberías.


Laura, algún día me tienes que dejar en paz.
La imagen es de aquí.

domingo, 7 de octubre de 2012

En el micro

"Mi mente no es un buen lugar en el cual vivir", piensas mientras ves a la gente subir y bajar del micro, conversar, sonreír, dormir. "Mi mente no está, y nunca estará, bien", te repites, una y otra vez.

Laura, te sientas en ese micro que pasa siempre por la misma ruta y miras los mismos edificios siempre iguales, igual de sucios, igual de tristes. Lo único que cambia es la gente que pasa, que corre por la calle, que habla y avanza y sigue. La gente sigue y sigue y tú estás en el mismo micro pasando por la misma ruta, estás en el mismo lugar en tu vida, desde hace meses.

"Mis recuerdos no son buenos, son tóxicos, me intoxican, siento que me matan", piensas mientras ves pasar a la gente. Te preguntas si esas personas que pasan y sonríen tienen recuerdos tóxicos, te preguntas si es que debajo de las sonrisas y las piernas que corren tendrán pensamientos obsesivos que los matan lento, poco a poco, incapacitándolos, como un veneno. Como tus recuerdos te matan a ti, Laura.

Y sigues pasando, y siguen pasando, y en todos buscas su rostro, y en todos buscas algo que te recuerde a él, y en todos buscas rastros de la historia que te intoxica, y en las historias buscas con qué intoxicarte. Y poco a poco te vas matando sola. Te vas suicidando con tus pensamientos obsesivos, con el veneno que mata tu mente, que mata los recuerdos, que elimina las sonrisas. Vas buscando respuestas y esas respuestas te hacen mal, y recuerdas, y recuerdas, y recuerdas...

Por las puras sigues recordando y sigues llorando. Sigues rebuscando recuerdos, momentos, frases. Lo que sea para revivir la pena, para no olvidarla. Sigues en el mismo camino a la destrucción. En el mismo camino que permite que el veneno que llevas en tus memorias logre que te pierdas por completo.

Y lloras y lloras mirando por la ventana y la gente del micro se empieza a dar cuenta. Te miran con pena, nada más.


Blogger se volvió loco y no me está dejando poner foto...
Hola, ¿qué hay de nuevo?

martes, 31 de julio de 2012

Una de la madrugada



Pudiste salir corriendo tras él, Laura. Pudiste alcanzarlo antes que tomara el taxi y regresara a casa. Pudiste decirle que no te importa, que aunque ya no es el chico más bueno del mundo, sigue siendo precioso para ti. Pudiste alcanzarlo y mirarlo a los ojos e insistirle que deje que los sentimientos fluyan. Pero te quedaste echada en esa cama desconocida, en ese cuarto cerrado, agobiada por el alcohol y las lágrimas que comenzaban a brotar desde el fondo mismo de la miseria de tu alma. Te quedaste ahí echada no solo porque sabías que no podrías convencerlo porque ha decidido cerrar su corazón como un búnker hermético, sino porque estás cansada de perseguirlo.

Te quedaste llorando sobre esa cama, sin mover un músculo, bajo el amparo ridículo de la luz tenue de la lámparita de la mesita de noche. Lloraste por vergüenza, porque en ese momento todo te pareció ridículo,  hasta tu existencia. Porque lo habías visto marcharse una vez más. Te quedaste llorando por la estupidez de seguir queriéndolo, porque piense que eres una puta, porque te importe aún lo que piense, porque le gritaste de nuevo la verdad en la cara y lo viste correr y cerrar la puerta de nuevo. Y luego seguiste llorando pensando que te dejó ahí, que cerró la puerta, que seguro recogió a su acompañante y se la llevó a otro lado a seguir tomando y quién sabe qué. Te inventaste mil historias en tu mente, mil maneras en las que pudo terminar la noche en brazos de mil otras chicas que no son tú.

Ay, Laura. Estuviste lo que parecieron horas echada sobre la cama, mirando el techo, llorando en silencio, sin mover un músculo, sintiéndote una extraña a todo el planeta. Solo estuviste ahí pensando, inventando historias, rompiendo ilusiones y volviéndolas a armar. ¿Para qué? ¿Para qué tanto sufrimiento? Ya lo perseguiste, ya lo lloraste, ¿qué más te queda? Si te cansaste de perseguirlo y te cansaste de buscarlo, ¿aún no te cansas de sufrir? ¿Aún no te cansas de amarlo?

Eventualmente te levantaste, ordenaste tu ropa, ordenaste tu pelo, ordenaste tu maquillaje, ordenaste tus sentimientos. Te inventaste una nueva ilusión para el próximo fin de semana, una nueva ilusión que se romperá cuando todo termine en desastre como ésta noche. Ordenaste todo, parecías presentable. Abriste la puerta de cuarto, apagaste la luz de la mesita, saliste y mentiste.

"Huevón, estoy demasiado borracha, me he quedado dormida  en el cuarto..."

Dos corazones lloraron esa noche y ninguno de los dos supo que estaba acompañado en su dolor.


Esto de escribir no me deja dormir.
La imagen es de aquí.

martes, 24 de julio de 2012

Recuerdos de febrero



Recordé esa noche de febrero y la esquina de Larco con Benavides. El banco, las rejas, el semáforo, los micros. La gente que pasaba y se quedaba mirándonos. Las lágrimas que caían por mi cara y por la tuya. La pena y el infinito sacrificio que sentía que hacía. Fue como arrancarse un tumor del que me había encariñado. Eras mío, eras parte de mí, eras amado, pero me hacías daño.

"No puedo con esto, no soporto como me tratas. Te dije una última oportunidad. Ésta vez sí es la última. Tal vez yo no soy la persona con la que vas a ser bueno, no soy la persona a la que vas a tratar bien, no soy quien saca lo mejor de ti. No creo que me ames tanto como crees que me amas porque cuando uno ama a alguien, no le hace daño. Tal vez simplemente no somos el uno para el otro. Tal vez yo no soy la persona que te inspira a tratarla bien. Me da muchísima pena no ser esa persona, en serio, pero parece que no hay nada que pueda hacer al respecto. Ya lo intenté mil veces, ya te di muchas últimas oportunidades. Yo sé que merezco que me traten mejor y yo sé que mereces encontrar a esa persona que te haga mejor. Yo sé que puedes cambiar, que puedes ser bueno, pero sé que no será conmigo."

Entonces, a mis diecisiete años, sentí que tenía toda la sabiduría del mundo y que hacía el sacrificio más grande. No te dejé abrazarme o besarme por última vez e intenté perderme entre la gente. Sabía que si te dejaba mantenerte cerca me podías convencer de darte otra última oportunidad, pero yo ya no podía soportar más últimas oportunidades así que intenté alejarme lo más posible. Además, sabía que estar cerca nos hacía daño y, de todas maneras, yo solo quería seguir con mi vida.

En ese momento me sentí perdida, había alejado al centro de mis días, no sabía qué hacer sola. Sin embargo, entre las ganas de regresar al terreno conocido y seguro de tus brazos, supe que había tomado la decisión correcta y que solo seguían cosas buenas. Las cosas buenas vinieron y se fueron, como todo. La vida fue buena conmigo, como también fue injusta luego. Todo siguió, todo sigue y yo estoy bien.

Yo sé que te dolió mucho, que nunca me entendiste, que me guardas rencor hasta ahora, pero estoy convencida que nunca he sido tan sabia como el día que te dejé ir. 


La imagen es de aquí.

lunes, 16 de julio de 2012

Qué importa


Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

(...) Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.
-Poema XX, Pablo Neruda.


Laura, por favor, para de llorar. Te lo pido, te lo imploro. Me rompe el ama ver tu carita surcada por las lágrimas, tus ojos hinchados, tus facciones en un mueca de dolor infinito. Para de llorar, por favor.

Qué importa si no supo valorarte a pesar de que hiciste malabares entre tu falta de tiempo para poder mantenerlo contento. Qué importa si te rajaste, si le entregaste toda tu vida. Qué importa si le diste a elegir entre todo lo que tenías para que se lo lleve, y se lo llevó todo para luego no quererlo más y odiar todo lo que le diste. Qué importa si al final terminó odiando todo el tiempo que hizo que gastaras en él, si terminó odiando a tus amigos que lo acogieron con todo el cariño del mundo, si terminó odiando todo lo que eras y lo que hacías.

Laura, tú sabes que vales más que esto. Sabes que vales más que estar reducida a un engendro 10 kilos más liviano que no para de llorar, que no sonríe en serio, que está hundido en un hoyo que no parece tener salida. Sabes que eres inteligente y que eres bonita, aunque ahorita eso parece tan lejano porque te la pasas comparándote, pero en el fondo, lo sabes. Tú lo sabes, Laura, así como sabes que vales mucho más que toda esta situación, vales más que lo que te hicieron, vales mucho como para tener que sufrir el amor no correspondido así.

Qué importa si fue muy rápido, si pasaron apenas dos semanas y ya estaba detrás de otra más. Y de ella, para colmo. Qué importa si te dijo que le empezó a gustar después de terminar contigo. ¿Qué? ¿El día después? Qué importa que no le haya importado tu reacción, que no le haya importado que si tú te enterabas, probablemente caerías tan hondo que no podrías salir de ese hoyo nunca. Y ya qué importa, Laura, que mientras tú tomabas pastillas para dormir para así no sentir tu dolor, él salía con ella muy contento. Que mientras tú te pasabas semanas sin comer, ellos salían a comer. Qué importa si mientras tú intentabas matar el amor que sentías llevándote a ti misma de paso, él ya buscaba uno nuevo.

No, Laura, ya no. Yo sé que tienes el autoestima hecho pedazos, pero ya no más. Ya no más compararse, ya no más sentirte menos. Ya no más no poder quererte porque él no lo hace. Porque, claramente, él no sabe nada de la vida ni de los sentimientos y, si hizo lo que hizo, no le importa lo que sienten los demás y por lo tanto es un pésimo juez. Ya no, Laura. No más lágrimas, ni días sin comer, ni estar siempre de mal humor, ni sufrimientos. Nadie vale tanto como para que sufras así. Aunque parezca que él lo vale, no lo hace.

Qué importa si lo intentaste todo, si cambiaste todo, si ya no eres la misma. Qué importan todas las cosas que hiciste por él, todas las huevadas que le aceptaste, todo el amor que le diste. Qué importa si intentaste abarcar todo lo que él quisiera, si intentaste ser su enamorada perfecta, su mejor amiga, su hermana, hasta su madre. Qué importa si lo cuidaste y lo acompañaste y lo aconsejaste intentando que madure un poquito, que valore a las personas que lo quieren, y al final nunca te hizo caso. Ya qué importa, Laura. 

Tú sabes que vales más que todo esto. Vales más que los meses que pasas sufriéndolo, que las lágrimas que lloras, que el infinito vacío que sientes. Eres mucho más que todo esto, Laura, y es hora que lo entiendas. Él te perdió, él botó a la basura todo lo que hiciste y se perdió el brillo de tus ojos. Él te perdió y no podrá ser parte de la alegría que esparces. Él es que perdió tu luz, no tú la suya. Ya sabes, Laura, que después de todo eso, él no vale la pena. Deja de llorar, por favor.

Ya no más.


Tal vez me arrepienta mucho de publicar esto.
La imagen es de aquí.

viernes, 29 de junio de 2012

¿Quién es Laura?



Laura es una chica, una mujer joven de edad indeterminada. Ella tiene dos brazos, dos piernas, dos manos, dos pies, dos ojos, dos orejas y demás fracciones del cuerpo humano en proporciones normales.

Laura estudia, tal vez trabaje, pero probablemente no porque le falta el tiempo. Estudia algo que la rete, algo que considera complicado pero que le da sentido y dirección a su vida. A veces se cansa y se frustra y quiere tirar todo por la borda y buscar un camino más fácil, pero no lo hace porque siente que no hay otro camino para ella. Laura no se rinde, nunca.

Laura no es una chica de muchos amigos, pero le cae bien a la gente. No es de la que se pelea con todo el mundo, pero tampoco camina por la vida siempre rodeada de gente. Laura aprecia su soledad, la quiere y la disfruta. No le gusta escapar de ella o invadirla con problemas de otros, le gustan sus momentos de soledad tanto como sus momentos de compañía. Ella entiende que la vida está hecha de momentos que se deben disfrutar. Tiene un par de muy buenos amigos a quienes necesita y con quienes comparte sus aventuras por el mundo y con los cuáles, a veces, comparte su soledad.

Laura ama, ama mucho, tal vez ama demasiado. Y por lo mismo sufre mucho las pérdidas de lo que amó. Laura se da el lujo de amar sin miedo, de no ser corazón cobarde, de sentir todo como si tuviera los nervios expuestos a la intemperie. Se da el lujo de amar así porque es valiente, es honesta con todos y, en especial, consigo misma. Entrega el corazón en bandeja, confía, enamora y se deja enamorar. Laura no conoce de límites en su amor, ama libremente y deja a su amor en libertad. Cree en el amor como se cree en los mitos, le tiene fe. Tiene fe en amar puramente, en amar al ser y no a la imagen, en amar libre y profundamente.

Laura a veces cae en abismos oscuros. A veces no sabe qué hacer ni cómo comportarse. En especial, no sabe olvidar. No sabe hacerlo a consciencia, a veces sucede que ella olvida, y eso está bien, pero cuando siente que debería, no puede. A pesar de todo, Laura vive y sigue viviendo. Vive y entrega, porque no tiene sentido vivir sin repartir sentimientos por el mundo, porque el que no cambia nada y no afecta a nadie, no vive en verdad.

Laura conoce los recovecos en los que se esconden los sentimientos en su mente, se comprende a sí misma como ser humano y se quiere de esa manera. Entiende que sus fallas humanas existen, se codea con ellas y llega a un término medio en el que ella puede ser lo que quiera ser sin intentar cambiar su condición de humana, de persona. Puede ser lo que quiera ser sin intentar ser perfecta. Se quiere con sus fallas y sus defectos y no deja que éstos la detengan en su búsqueda por una vida tranquila, no sólo para ella, sino para todos.

Laura no soy yo, aunque me gustaría ser ella. Laura podrías ser tú o podría ser una de las miles de personas que viven en el mundo. Al final, Laura es un medio por el cuál vivo, por el cuál siento, por el cuál me enfrento a lo que pienso y a las decisiones que tomo. No soy Laura, definitivamente, pero de hecho que Laura tiene un poquito de mí y a mí me encantaría tener mucho de ella.


Después de haber leído algunas entradas sobre ella, les presento a Laura.
La foto es de aquí.

miércoles, 13 de junio de 2012

Confesión



Caminan por la noche, se ríen, hablan. Es un buen amigo, Laura, un muy buen amigo. A veces, o casi siempre, te ayuda a dejar de llorar y de pensar tanto. Llegan a la puerta de tu casa, te dispones a entrar y te dice:
-Me gustas, mucho.

Se detiene el mundo un rato mientras tratas de encontrar la respuesta correcta. No la hay, sólo está la verdad y lo que le gustaría escuchar. La verdad es que no te gusta, que tienes el corazón ocupado y que agotaste todo el amor que tenías. Lo que le gustaría escuchar sería sólo una vulgar mentira para no hacerlo sentir mal y para no sentirte mala. Laura, no querer a alguien no te hace mala, eso ya lo sabes.

No sabes qué decir, por tu cabeza pasan miles de imágenes que se resumen en: "¿cómo llegó a esto?". Entonces tu mente pasea por memory lane y recuerdas cómo llorabas y cómo intentaba calmarte y como se apoyaron en sus soledades y encontraron el uno en el otro grandes compañías en la soledad. Recuerdas el apoyo y las palabras de aliento y las risas que al final terminaban en llanto. Contigo todo siempre termina en llanto, Laura. Entre los recuerdos intentas buscar dónde la cagaste, dónde lo confundiste, qué hiciste para maldecirlo así. Desde hace tiempo que piensas que ojalá nadie se enamore de ti porque no podrías corresponderlo. Ahora que sucedió, ¿cómo revertir esto? ¿Qué hacer o decir?

Ay, Laura, no quieres ser cruel. No quieres romper corazones como se rompen las promesas: en silencio y con descaro. No quieres romper corazones como rompieron el tuyo, ni quieres que sientan que no valen la pena. Ya sabes lo que se siente, no quieres hacer que nadie pase por lo mismo. No quieres tener a nadie más, nunca, y quieres que lo entiendan. Que entiendan que quieres tener muchos amigos con los cuáles divertirte y reírte y olvidarte que algún día hubo uno solo que te hizo reír. Quieres tener muchos amigos que rellenen el tiempo y los días que pasan sin que regrese. Amigos divertidos, amigos que te apoyen, amigos que estén ahí y para los cuáles estar ahí, siempre. Eso es lo que puedes ofrecer y lo que quieres que te ofrezcan, amistad.

De todas maneras no lo comprendes, no comprendes de dónde sacó la valentía para venir y decirte esto ni qué esperaba al decirlo. No comprendes por qué tú, por qué quiere una persona a la que probablemente ha visto llorar más que sonreír. No comprendes por qué, de todas las personas, tenías que ser tú y casi lo culpas por ponerte en ésta situación. No comprendes por qué, a pesar de que sabe todo lo que has pasado y te ha escuchado decirlo mil veces, decidió ignorar que tú amas a alguien más. En especial, no comprendes por qué no quiere ser corazón cobarde y esconderse y no permitirse querer a alguien que sabe que no va a poder tener. No comprendes por qué se lanza al vacío como tú.

Es que, Laura, no entiendes que eres mágica, que eres especial, ni que, sin quererlo, la gente a veces se enamora, como lo hiciste tú. No entiendes que él tiene sus razones como tú tienes las tuyas que nadie entiende, a veces ni siquiera tú. No entiendes que no es lo mismo, que no es un capricho suyo de la misma manera que no es un capricho tuyo. Que hay cosas que no se pueden controlar, como los sentimientos, como los sentimientos que sufres y que no puedes erradicar, es igual. No entiendes que esto no es hacerle daño porque no es a propósito y que si algo debes hacer es por lo menos aplaudir su coraje y ser honesta con él.

-Me da mucha pena porque tú sabes que todavía lo amo.


Voy escribiendo esta entrada hace semanas. La borré y la volví a escribir. La guardé y la edité y la volví a guardar. Hoy la publico, de una vez por todas. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

La foto es de aquí.

lunes, 4 de junio de 2012

Irse



Se olvida. Se olvida y se va, Laura. Lo ves partir una vez más, lo ves seguir y olvidarse y ser feliz. Lo ves irse de nuevo, tranquilo y confiado, como los que saben que su trabajo ha terminado. Se va, se va, desaparece entre las luces, se vuelve un borrón, un puntito, y desaparece.

¿Y tú, Laura? Tú te quedas sentada esperando un milagro. Que no parta, o que partas tú.


Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Son sólo escenas que explotan entre mis pensamientos cotidianos.
La imagen es de acá.

sábado, 12 de mayo de 2012

Visita


Caminas por estas calles, Laura, y sabes que no es una buena idea. ¿Recuerdas la última vez que pasaste por aquí? Llorabas mares y odiabas al mundo. Caminabas con el alma hecha pedazos y arrastrando tus ilusiones por el suelo. Hoy te veo diferente, sí, pero no entiendo tu propósito. Sé que tienes cosas qué decir y que no quieres callar. Sé que sientes que él debería saberlas. Sé que crees que escucharlas lo ayudará, pero me preocupa tu frágil corazón, Laura. No creo que soporte mucho más de esto.

Ya llegaste a su puerta, ¿qué vas a hacer? Tu instinto te dice que corras, que regreses a casa, que te escondas bajo tus sábanas y llores con rabia tu cobardía. Yo te diría que hagas lo mismo, exceptuando la parte de llorar. Tu corazón palpita rapidísimo, sientes que va a reventar, pero ya lo has sentido reventar muchas veces, ¿no? Reventar del amor tan grande que sientes por él, reventar de la tristeza profundísima que te causó esa noche de diciembre. El corazón no revienta, Laura, y menos por emociones. Es un músculo fuerte, fuerte como debes serlo tú.

Te atreviste a tocar el timbre, ahora sí creo que te has vuelto loca. Tu corazón en verdad se ha vuelto un caballo de carrera. Tun-tutún. Tun-tutún. Y eso que pensábamos que no podía latir más rápido. Te mueres de los nervios, ahora sí consideras como una excelente idea el salir corriendo hasta que las piernas se te caigan. Los segundos pasan lentos, ¿o han pasado minutos? Dios, ¿cuánto se puede demorar éste hombre en abrir la puerta?  Siempre se demoraba por todo, ¿no? Siempre llegaba tarde y eso te molestaba mucho porque tú eres demasiado impaciente, Laura. Tú no sabes esperar así como no has sabido esperar a que se cure tu corazón.

Aparece tranquilo desde la sala. Tú, parada afuera de la reja, lo ves antes de que él te vea. Por esos diez o veinte pasos que da antes de verte, lo miras sin temor. ¡Deja de aliviarte el alma con su imagen! ¿No ves que ya no es tuyo? Aún así inspeccionas cada parte de su cuerpo, no ha cambiado nada. Tiene el pelo más largo, está un poco más gordo. Sigue siendo el hombre con el que sueñas todas las noches. No te entiendo, Laura, pensé que habías mejorado, pero te veo acá parada afuera de su reja jugando con tus manos y alegrándote el corazón con el brillo de sus ojos. Deja de amarlo, Laura.

Ya te vio, paró en seco. Puso esa estúpida cara de culpa, de pena. Tu corazón se dio un triple salto mortal y ya te olvidaste de todo lo que viniste a decirle. Te olvidaste de todas las palabras cuidadosamente elegidas y ensayadas que le querías decir. Se borró todo, hasta la alegría del corazón que te causó hace unos segundos. Se borró todo de tu mente y fue reemplazado por esa cara de pena. Como si fueras un cachorrito que dejó en la calle a su suerte y que no tiene cómo cuidarse. Como si se sintiera mal por no poder amarte como tú lo amas. Como si se sintiera mal de que sigas enfrascada en éste amor ridículo. ¡No entiendo cómo puedes amarlo, Laura!

Se miran por unos segundos, él con su cara de pena y sorpresa y tú luchando contra las lágrimas que invaden tus ojos y contra las ganas de saltar a besarlo.  Él inmediatamente baja la mirada, como siempre. Se mete las manos en los bolsillos y, levantando un poco la mirada te dice: “Hola”. Te ha dado rabia su porte de culpa y su cara de pena y por eso te has llenado de valentía. Vas recordando algunas de las palabras que has ensayado durante toda la semana. “Hola, ¿qué tal?”, le dices. “Quiero conversar contigo, ¿me dejas pasar?”. Muy bien, muy bien, Laura. Sonaste segura, convincente. No se te quebró la voz aunque por dentro se te esté quebrando el alma.

Te dice: “Ehh… Ya, si quieres”, y te abre la reja. “Si quieres”, siempre “si quieres”. Y, ¿qué quiere él? ¿Qué te vayas corriendo hasta tu casa y no salgas nunca más? ¿Quiere no volver a verte ni saber de ti? Pregúntale, Laura, tal vez no responda nada, de nuevo. Tal vez te diga, una vez más, “lo que tú quieras está bien”, pero guarde rencores luego. Pregúntale, Laura. ¿No lo harás? Bueno, pero no me digas que no te advertí. Sigo pensando que es una mala idea, aún estás a tiempo de regresar a casa y ver alguna de tus series para escaparte un rato de la realidad. Está bien, sientes que tienes que hacer esto. Entonces te apoyo.

Entras por la reja, pasas muy cerca de él. Ahora sí que quieres abrazarlo, pero no te atreves. Sabes que no deberías, que ni siquiera deberías estar ahí molestando, pero si es que has llegado a tantas conclusiones, crees que deberías comunicárselas. Ay, Laura, este amor te ha vuelto loca, estoy segura. Lo sigues, entran a la sala, te sientas en uno de esos sillones comodísimos. Ya no hay vuelta atrás. Recuerda todas esas palabras que ensayaste en tu mente todo el día, esas que no te dejaron rendir bien en los parciales y que te quitan el sueño en la noche. No, no recuerdes eso. No recuerdes cuando dormían abrazados en esos precisos sillones. Déjalo ir, Laura. Olvídate de una vez.

Él se sienta en el otro sillón, te deja sola en el de tres personas y se sienta en el de dos. Coge uno de los cojines y lo abraza. Es su maniobra de defensa, ya lo sabes bien. Él mira al piso y de cuando en cuando levanta la mirada hacia ti. Tú estás sentada en el borde, arqueada, jugando con tus manos. Pasa un minuto eterno y sabes que él no dirá nada así que empiezas…

“No quería molestarte, en verdad, perdón por venir así. Es que he estado pensando mucho y quería hablar contigo. No vengo a pedirte que regreses, jajaja, no me mires así. Es sólo que hasta ahora no entiendo bien las cosas y eso me mata. Yo sé que ha pasado algún tiempo, tú estás bien, ¿no? Qué bueno, qué bueno… Pues, estaba pensando que de repente no te traté bien, que te pasé mi estrés por el ciclo y mi malhumor. Lo siento, en verdad.

Aparte, estaba pensando… Vivimos demasiado en muy poco tiempo. En menos de un año pasamos por demasiadas cosas, en especial por mi parte. Vivimos todo muy rápido, nos conocimos demasiado y entregamos todo lo que teníamos. Al final, en 8 meses se te acabó todo para dar, aunque yo igual quería compartir toda mi vida contigo. Y es que mi vida es tan amplia, ¿no? Todos los días aprendo cosas nuevas y entretenidas y siempre tengo historias que contar. No digo que tu vida se aburrida, ni nada, pero a veces creo que piensas que lo que te pasa no es digno de contarlo porque no es entretenido. No sé, yo sólo pienso.

Lo que quiero decir es que comprendo que al final no hayas tenido nada más que compartir o que no hayas querido compartirlo conmigo. Lo que no entiendo es por qué tenías que ir con ella. No te guardo rencor, te lo juro, no te odio. Sólo que en verdad me rompo la cabeza pensando en por qué fuiste con ella. Más o menos lo entiendo y está todo bien. Me hirió, me dejó un hueco en el autoestima, pero está todo bien. Te juro que estoy bien, no te disculpes más. Perdón si soné demasiado autoritaria al decir eso. Bah, ya no sé.

Quieres que seamos amigos y en verdad yo no puedo cumplir eso. En especial porque yo soy siempre la que te habla por el chat y la que se acerca a saludarte cuando nos encontramos. No sabes ser amigo mío más de lo que yo sé ser amiga tuya. Discúlpame decirlo, pero es recontra estúpido, en serio. De repente en un tiempo, ¿no? Nunca se sabe.

Y, bueno, eso era lo que yo pensaba. Sólo quería decirte eso. Ahora me voy que voy a salir con mis amigos. ¿Me abres la reja?”

Te felicito, Laura, no lloraste. Pero siento cómo se te rompe el alma en mil pedazos más. Es tu forma de despedirte de él de una vez, ¿no? ¿Eso haces? Caminas con todo el porte del mundo hacia la reja. Lo miras, le sonríes. Actúas demasiado bien, no se va a dar cuenta que te estás rompiendo. Te despides, le das un beso en la mejilla y le dices: “Gracias por conversar conmigo”, aunque la que conversó fuiste tú sola. Sales y escuchas que él cierra la reja. Sigues caminando hasta la esquina y te volteas a mirar esa casa que fue tu segundo hogar por muchos meses. Él no está en la reja mirándote, ya regresó a su cuarto probablemente para contarle a algún amigo lo sucedido. Ya no te va a mirar hasta que desaparezcas por la esquina esperando a que te voltees para lanzarte un “beso volado”.  Acostúmbrate, Laura, es así.

Por si acaso esperas hasta doblar la esquina para que no te vea y te desplomas a llorar. Es difícil decir adiós, Laura, pero estás siendo fuerte. Llora un poco más apoyada en esa pared, lo necesitas. Necesitas dejar que fluyan los sentimientos que guardaste mientras le hablabas. Los dejas salir en lágrimas amargas, amargas por el amor que amas y que se está pudriendo dentro de ti. Ya, ya calmaste todos esos sentimientos con sollozos. Levántate, se fuerte.

Ahora, sigue caminando por estas calles y espero que no regresemos nunca más. Hoy te veo diferente que la otra vez, en serio. No estás llorando mares, ya lloraste lo que necesitabas llorar. No odias al mundo porque estás tranquila contigo misma. Qué bueno que esto te haya ayudado en vez de derrumbarte. Te veo más tranquila, creo que ahora sí puedo decir que estás mejor. ¿Eso era todo lo que necesitabas? ¿Pensar y conversar? Pues te has tardado tu tiempo pensándolo, pero me alegro de tenerte de vuelta.

Sé que puedes sentir los pedacitos de tu alma reordenándose y fusionándose. Te tengo de vuelta, Laura.