martes, 12 de noviembre de 2013

Un hoyo vacío



Ay, Laura, te encuentras de nuevo en el mismo lugar. En el mismo hoyo vacío y confuso al que sueles regresar cuando las cosas no salen bien, cuando la gente no te quiere como tú los quieres.

Regresas al mismo hoyo y te escondes de todo y de todos, temerosa de que algo más te deje abandonada. Sientes que no podrías soportar más despedidas. Y aun así sigues buscando atisbos de esperanza y luz que te dan fuerzas para salir de ese hoyo oscuro; pero, cuando estás a punto de salir, te das cuenta que todo era imaginación tuya. Que las esperanzas eran vanas y la luz era falsa y te lo imaginaste todo solo para que el mundo sea un poco más soportable, un poco menos pesado. Al final debes despedirte de nuevo cada vez.

Es que para la gente como tú la gravedad es más fuerte, el aire pesa más y todo te jala hacia el hoyo de nuevo. Y sabes que al final no importa si obtienes lo que quieres porque terminarás en el mismo hueco vacío de nuevo, porque en realidad nunca saliste de ahí, porque lo más alejada que has estado de él es mirar por fuera del borde el mundo exterior, pero siempre con la mente metida en la oscuridad. La verdad, Laura, es que vives en esa oscuridad, es parte de ti y jamás podrás zafarte. Estás hecha de vacío y de angustia hasta la última fibra de tu cuerpo y, aunque no quieras, siempre te verás inmersa en ese hoyo oscuro. De repente es por eso que todo siempre termina tan mal, por eso es que la gente no te quiere y por eso siempre te sientes fuera de lugar.

La gente hecha de vacío y angustia está destinada a vivir sola, Laura. Toda compañía es eventual y distanciada. A nadie le gusta vivir con oscuridad en su vida. No importa cuánto amor entregues, ni cuanto busques a la gente; la oscuridad siempre los espantará.

Ya es hora que comprendas que la vida es más cruel que lo que es justa y que una persona hecha de angustia jamás podrá obtener lo que en verdad quiere: no ser más angustia.


Han sido malos días. De lágrimas y sábanas frías.
La imagen es de aquí.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Madre

Mi madre me encontró acurrucada en la cama mirando la pantalla sin verla, con los ojos hinchados y respirando lentamente.
-¿Por qué estás acurrucada así? ¿Tienes frío?
Negué con la cabeza. Sentía el llanto regresar. Se acercó a la cama y me miró desde arriba, con pena.
-¿Fuiste a hablar con él?
Asentí con la cabeza. Definitivamente el llanto regresaba. Se sentó en la cama y miró hacia el techo, calculando sus palabras para no hacerme más daño.
-Si son cosas que no se pueden cambiar... Bueno, no se puede hacer nada, no sufras. Pero yo creo que ustedes los jóvenes tienen la palabra "terminar" en la punta de la lengua y la usan para cualquier cosa que pase. Al final, si se quieren y quieren estar juntos van a seguir regresando el uno al otro y seguirá pasando lo mismo. 
Me miró con muchísima pena porque ese siempre había sido mi gran error: sentir mucho. De alguna manera, si hubiera sido fuerte e insensible, yo hubiera sido mejor y más balanceada. Pero siempre fui un manojo de lágrimas y nervios, y mi madre jamás supo bien qué hacer conmigo.

Me preguntó si iba a cenar y se fue a su cuarto. El mundo se redujo a mi pequeño departamento en Miraflores y a las palabras sabias de mi madre.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Domingo por la tarde



La cama, las sábanas, la laptop sobre tus piernas.
Palabras que no quieres decir atoradas en tu garganta.
Sentimientos que no quieres llorar encerrados en tus ojos.
Y caen,
            y caen,
                       y caen.
Hay palabras que suenan tan mal. ¿Qué significan?
¿Algún día lo sabremos?
¿Qué somos?
                     ¿Por qué existimos?
                                                    ¿Por qué estamos aquí?
La rueda da vueltas y aún no comprendo a dónde me lleva.
Las frases que dices no tienen sentido.
¿Dónde están tus pruebas?
                                                   Todo parece lo contrario.
Los sentimientos se encuentran
                                                            dis per sos.
  Nadie sabe lo que no tiene
                                          hasta que
                                                         lo encuentra.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Herida


Hay una herida que nunca va a sanar.
Que sangra,
                   que duele,
                                   que pena
                                                  en las sombras,
                                                                          debajo de tu cama,
                                                                                                        en el repostero de la cocina,
                                                                     en el desagüe del caño,
                                   en el fondo del espejo.
En la última coronaria,
                                    triste,
                                              de tu desgastado
                                                                         corazón.


Y hay un elefante sentado sobre mis pulmones. No me deja respirar.
La foto es de aquí. Que bueno que no soy taba en HTML porque sino no hubiera podido añadirla.